domingo, 14 de noviembre de 2010

Vestirse a oscuras



Abrí la persiana y la luz de la mañana me cegó. Parpadeé un par de veces, mientras intentaba ignorar ese zumbido en mi cabeza. Era difícil recordar cómo había llegado a aquel nivel de desesperación, más aún cuando mi casero no dejaba de aporrear la puerta. Por primera vez vi cómo iba vestida y no me resultó tan apropiado como creía.
Había llegado a las seis a casa con los tacones en la mano y el vestido a medio abrochar. Me lo saqué de un tirón. Estaba manchado, aunque todavía podía reutilizar las medias. Si en la entrevista estaba sentada, no se iban a fijar en que tenían una carrera. Busqué a tientas mi falda de tuvo, pero no la encontré en el armario. La fiesta de Juanjo había sido genial ¡Estaba completamente loco! Pulsé el interruptor una y otra vez, pero la luz no se encendía. Maldije en voz alta ¡Tan sólo me había retrasado un par de meses en la factura! Tropecé con los tacones y caí de rodillas en una alfombra de ropa. Tenía que estar por ahí, o encima de la cama. Me tambaleé por el piso a ciegas, hasta que la encontré en la cesta de la ropa sucia. La ajusté a mi cintura a toda prisa, alisando los pliegues con las manos sudorosas. Estaba segura de que serviría, era una falda muy bonita. Ya eran las siete y media. Tenía que apresurarme si quería llegar a tiempo, en las entrevistas de trabajo es importante ser puntual ¡Maldito Juanjo! Yo no quería quedarme hasta tan tarde. Palpé la americana que estaba colgada en la puerta, pero aún me faltaba la camisa. Fue entonces cuando mi casero empezó a aporrear la puerta. Rechiné los dientes con rabia. Era él la razón por la que llevaba tres días sin abrir las persianas ¡Estaba de viaje! ¡No puedes pedirle el alquiler a alguien que no está en casa! Cogí una blusa cualquiera (no habría podido averiguar cual era de todos modos), y me la abotoné como pude.
-¡Abre la puerta, sé que estás ahí! -gritó el viejo.
¿Cómo lo había podido saber? Ni siquiera estaba hipando fuerte. No le presté atención y continué buscando unos zapatos bajo la cama, pero no daba con la pareja de ninguno. Al final, elegí un par de tacones que tenían la misma altura y me los calcé. Tal vez fueran los grises nuevos, porque me dolían un montón los dedos. Miré el reloj de nuevo ¡llegaba tardísimo!. Aún así tenía que esperar a que el viejo se fuese. Me hice un moño sencillo con una goma que tenía en la muñeca. Imaginé que me miraba en el espejo. Aún tendría el maquillaje de la noche anterior, no hacía falta más. Si esperaba hasta que se fuera, no llegaría allí a las ocho y tendría que volver a pedirle dinero a mis padres. Repetirían lo incapaz que era de buscarme la vida por mí misma y me obligarían a trabajar en el bar de mi tío. No, eso sí que no. Los bares están para salir, no para ir a trabajar. Estúpido Juanjo. Asqueroso casero. Acorralada en mi oscura habitación sólo me quedaba una cosa por hacer:
Saltar por la ventana.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Sombras



Sombras que tiñen de negro las paredes.
Sombras que espantan.
Sombras que se deslizan bajo los muebles.
Sombras que matan.
Sombras que languidecen por las mañanas.
Sombras que estorban.
Sombras que bostezan en un rincón.
Sombras que aburren.
Sombras que en la noche ocupan todo el salón.
Sombras oscuras.
Sombras que desaparecen cuando estás tú.


sábado, 21 de agosto de 2010

Amor de verano.



Nunca hay un recuerdo tan doloroso como el momento presente. Es lo que he aprendido tras meses recuerdos magnificados. Él se marchó y fue tan terrible. Creí que no me sobrepondría. Escuchaba su risa en cada esquina, aún sentía el tacto cálido de su mano sobre mi espalda. Quería tenerlo, abrazarlo, sentirlo de nuevo junto a mi; y sólo quedaba el aire. Durante semanas no pude dejar de pensar en él: qué haría, con quién estaría, ¿se sentiría tan mal como yo? No paraba de acordarme de todos los momentos que vivimos juntos. Convertí cada mínimo detalle en un momento épico. Deformé la realidad. Y eso me hizo tan, tan desgraciada. Pero la herida se fue cerrando. Cada noche pensaba menos en él, cada día se parecía más a la rutina de siempre. Ya no escuchaba su voz en mi cabeza, ya no añoraba su olor. Y empecé a sentir dolor porque dejaba de dolerme su ausencia. ¿Tan poco había significado? ¿Tan pronto arrasa el olvido una mente? Nadie se toma en serio un amor de verano, pero ¿tan fríos somos como para dejarlo atrás sin una mirada? ¿tan calculados son los besos? He llorado su pérdida, sí. Sin embargo, lo que más me hirió por dentro no fue su ausencia en mi vida, sino aquel momento de valiente despedida en la que, con los ojos vidriosos susurramos un adiós quedo, y nos separamos resistiendo el impulso de mirar atrás; porque así era como debía ser. En mi interior pensé “oh, Dios, como te echo en falta”, y supe que, pasara lo que pasase, nunca sentiría lo mismo que en aquel momento, mientras escuchaba el eco de sus pasos alejándose.

>>No guardé nada para recordarlo. Supuse que no haría falta, aunque ya no estoy tan segura. Su recuerdo se difumina. ¡Qué frágil es la memoria! ¡Qué corta la vida! ¡Qué estúpido el corazón! Cada vez hay menos cosas que me hagan evocar su imagen. La playa en la que solíamos tumbarnos está llena de nuevas vivencias, los atardeceres de verano se han convertido en apáticos crepúsculos otoñales. Sin embargo, me niego a perder lo poco que me queda de él: los momentos que compartimos. Porque, como dijo Shakespeare “Guardar algo para recordarlo sería admitir que lo puedo olvidar”.<<

>>Y aunque el sol se rompa en mil pedazos y no vuelva a ver otro atardecer, lo guardaré, todo él, en mi corazón.<<