Abrí la persiana y la luz de la mañana me cegó. Parpadeé un par de veces, mientras intentaba ignorar ese zumbido en mi cabeza. Era difícil recordar cómo había llegado a aquel nivel de desesperación, más aún cuando mi casero no dejaba de aporrear la puerta. Por primera vez vi cómo iba vestida y no me resultó tan apropiado como creía.
Había llegado a las seis a casa con los tacones en la mano y el vestido a medio abrochar. Me lo saqué de un tirón. Estaba manchado, aunque todavía podía reutilizar las medias. Si en la entrevista estaba sentada, no se iban a fijar en que tenían una carrera. Busqué a tientas mi falda de tuvo, pero no la encontré en el armario. La fiesta de Juanjo había sido genial ¡Estaba completamente loco! Pulsé el interruptor una y otra vez, pero la luz no se encendía. Maldije en voz alta ¡Tan sólo me había retrasado un par de meses en la factura! Tropecé con los tacones y caí de rodillas en una alfombra de ropa. Tenía que estar por ahí, o encima de la cama. Me tambaleé por el piso a ciegas, hasta que la encontré en la cesta de la ropa sucia. La ajusté a mi cintura a toda prisa, alisando los pliegues con las manos sudorosas. Estaba segura de que serviría, era una falda muy bonita. Ya eran las siete y media. Tenía que apresurarme si quería llegar a tiempo, en las entrevistas de trabajo es importante ser puntual ¡Maldito Juanjo! Yo no quería quedarme hasta tan tarde. Palpé la americana que estaba colgada en la puerta, pero aún me faltaba la camisa. Fue entonces cuando mi casero empezó a aporrear la puerta. Rechiné los dientes con rabia. Era él la razón por la que llevaba tres días sin abrir las persianas ¡Estaba de viaje! ¡No puedes pedirle el alquiler a alguien que no está en casa! Cogí una blusa cualquiera (no habría podido averiguar cual era de todos modos), y me la abotoné como pude.
-¡Abre la puerta, sé que estás ahí! -gritó el viejo.
¿Cómo lo había podido saber? Ni siquiera estaba hipando fuerte. No le presté atención y continué buscando unos zapatos bajo la cama, pero no daba con la pareja de ninguno. Al final, elegí un par de tacones que tenían la misma altura y me los calcé. Tal vez fueran los grises nuevos, porque me dolían un montón los dedos. Miré el reloj de nuevo ¡llegaba tardísimo!. Aún así tenía que esperar a que el viejo se fuese. Me hice un moño sencillo con una goma que tenía en la muñeca. Imaginé que me miraba en el espejo. Aún tendría el maquillaje de la noche anterior, no hacía falta más. Si esperaba hasta que se fuera, no llegaría allí a las ocho y tendría que volver a pedirle dinero a mis padres. Repetirían lo incapaz que era de buscarme la vida por mí misma y me obligarían a trabajar en el bar de mi tío. No, eso sí que no. Los bares están para salir, no para ir a trabajar. Estúpido Juanjo. Asqueroso casero. Acorralada en mi oscura habitación sólo me quedaba una cosa por hacer:
Saltar por la ventana.

